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Sobre la base de una escena de la película Vértigo de Alfred Hitchcock, Luciana Acuña y Fabián Gandini desmenuzan el segmento cinematográfico plano por plano hasta traspasarlo a una secuencia de movimientos.
Daría la sensación de estar presenciando un ensayo. El ensayo de cómo armar el momento en que “Kim Novak (Madelein) simula un suicidio arrojándose a la Bahía de San Francisco, y James Stewart (Scotty) engañado por ella, se arroja al agua de cabeza, la toma entre sus brazos y la deposita en el auto,”en versión coreográfica.
En un intento por adaptar cada fotograma de la escena de Hitchcock al lenguaje de la danza, los intérpretes “practican” los movimientos que luego, a través de diversos recorridos, irán adaptando hasta lograr su ensamble.
Al igual que en la toma de la película, la obra procede por cortes y rupturas. Algo abruptas por cierto, ya que quebrantan cada atmósfera que desde la danza se busca instalar. Por otro lado, la obra instaura una temática de denuncia de los procedimientos típicos de representación, subrayando que al igual que en la danza, en la actuación no hay personajes, sino intérpretes, no hay ambientes, sino ambientaciones, y en ambos se procede por secuencias de movimientos.
Se podría llegar a decir que es un teatro performático o de presentación; pero en la ardua tarea de borrar cada signo de teatralidad, se torna más evidente el artificio que intenta ocultarse, detrás de una aparente cotidianeidad. En esta obra se destaca la destreza corporal con todas sus posibilidades puestas, como en una película, en movimiento. María Cecilia González
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