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A mama – Critica
Concordancia discordante, una tragedia en clave kitsch. Crítica de la obra dirigida por Guillermo Cacace, con actuaciones de Aldo Alessandrini, Paula Fernandez Mbarak, Clarisa Korovsky, Iride Mockert y Gabriel Urbani. Critica de Bettina Girotti
 
 
 

1.agosto.2013

En los últimos tiempos nos hemos ido habituando a las trilogías, pero en realidad sus orígenes se pierden más de veinticinco siglos atrás en la Grecia de las grandes Dionisiacas en que se presentaban tragedias encadenadas… sus orígenes y con ellos, las obras. Sólo una ha llegado completa hasta el presente (aunque se fue perdiendo el drama satírico que la acompañaba), La Orestiada, compuesta por Esquilo. Esta trilogía es protagonizada por la estirpe de Agamenón, así éste trágico puede mostrar cómo el poder de los dioses supera el límite temporal que impone una vida humana, excediendo a un individuo particular y operando también sobre sus descendientes. En este trío, se combina el asesinato en todas sus variantes: sacrificio, infanticidio, matricidio, no importa el vínculo que una a victima con victimario, la venganza será el elemento común.

A Mamá, Segunda Parte de una Orestiada Vernácula
toma, justamente, la segunda pieza de la trilogía esquilea, Las Coéforas, pero lo hace de una manera original: la atosigante atmósfera de muerte, venganza y más muerte, es arrancada de aquella Grecia mítica post guerra de Troya dibujada por Esquilo y emplazada, en un gesto contrapuntístico, en el conurbano bonaerense del siglo XXI. Agamenón ha regresado a su hogar luego de años de ausencia, trayendo a Casandra con él; ambos han sido asesinados y el culpable sigue sin aparecer, un misterio familiar que se suma al de Ifigenia, aquella hija cuyo nombre obliga al silencio. Clitemnestra (Fernández Mbarak), su viuda, logra rehacer su vida junto a Egisto (Alessandrini) y los tres hijos que aún la acompañan Electra (Mocket), Crisótemis (Korovsky) y el recién vuelto a casa, Orestes (Urbani). Así, mientras la familia se reúne para festejar Año Nuevo, estas ausencias sin resolver, las miradas que se cruzan y todo aquello que saben pero no dicen, aquello que se ahoga en las gargantas, terminará por estallar. El aire se vuelve pesado, los mosquitos insoportables y la música del árbol de navidad que se repite insistentemente, casi hasta desafinar, desesperante.

Aquel baño de sangre propio de las tragedias adquiere una forma particular en esta puesta. Es que se trata de una tragedia, pero vernácula… y kistch: el árbol de navidad blanco con luces de colores, el césped sintético que prácticamente delimita el espacio de acción, matamoscas de todos colores y Palito Ortega cantando junto a Libertad Lamarque. El choque entre lo helénico y lo vernáculo tiene su corolario en los llamados de la tía Helena y en la mutación que sufre el escenario del crimen de Agamenón de suntuoso baño en una pelopincho y de las erinias que perseguirán a Orestes en una plaga de molestos pero inofensivos mosquitos. Esta apropiación exige, a su vez, un apoyo clave en lo corporal: los cuerpos que se ponen en primer plano son cuerpos extraños, por un lado robóticos, que repiten mecánicamente movimientos, pero que al mismo tiempo explotan su dimensión visceral y animal (y escatológica). El diseño de iluminación, propuesto por
Alberto Albelda, refuerza esta “vernacularización” trágica, gracias al uso de candilejas y de una luz en contrapicado que potencia el ambiente asfixiante ya presente en Esquilo. Los colores saturados de la escenografía, a cargo de Verónica Segal, contrastan así con las sobras que estas luces dibujan en el fondo.

Tal como pasaba con el teatro griego, no es la historia contada lo original: la originalidad de la puesta reside justamente en el prisma a través del cual nos muestran la serie de infortunios que caen sobre esta familia. La propuesta de Cacace y de CITA (Colectivo de Investigación Teatral Apacheta) es montar su Orestíada y su apropiación descansa en una serie de oposiciones: lo helénico y lo vernáculo, lo trágico y lo kitsch, lo mecánico y lo animal, las sombras y el color saturado... estos pares de opuestos son llevados al límite y en ese gesto extremo logran una propuesta armónica. Cómo dice Aristóteles a propósito de la tragedia, es el acto poético, creativo, el que permite el triunfo de la concordancia sobre la discordancia.

 

Bettina Girotti
bettina@geoteatral.com.ar

 
 
 
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