Estrenada originalmente en Roma en 1974, escrita por Garinei & Giovannini, con música de Armando Trovaioli, El diluvio que viene (Aggiungi un posto a tavola) es una obra que - a pesar de su origen italiano - tiene una gran presencia en la historia de la comedia musical argentina. El 19 de abril de 1979 se estreno en el Teatro Nacional la primer versión local, protagonizada por José Ángel Trelles, Vicky Buchino y Graciela Pal, y la cual estuvo más de cinco años de cartel (sumando las funciones en distintos teatros de Capital y las giras por todo el país), luego en 1985 se repuso en el Teatro Astral, con pocos cambios en el elenco. La última reposición hasta el momento había sido la protagonizada por Juan Darthés, Inés Estévez y María José Demare de 1992 en el Lola Membrives.
El año pasado Juan Durán y Chino Carreras apostaron a realizar una nueva versión de este clásico, el cual se estreno en Mar del Plata, y que este verano intenta repetir el éxito logrado en dicha ciudad.
La pieza cuenta el encargo que le hace Dios al padre Silvestre - cura de una pequeña aldea – quien debe crear un arca ya que se acerca un nuevo diluvio universal. Ante dicha tarea el párroco debe convencer a los habitantes del pueblo, y a su alcalde, de que lo ayuden en su misión. Pero todo no será tan fácil, la desconfianza, un poder que se cree soberano y cierta presencia, pueden hacer temblar el cometido.
No resulta difícil pensar que esta obra cuando se estreno en el país su mensaje en donde se critica el abuso de la autoridad (en plena dictadura) y temas como el compromiso, la solidaridad y la tolerancia hayan sido emotivos, y hasta novedosos, pero en esta época el discurso se vuelve naif, es una comedia blanca, donde se advierte fuertemente el paso del tiempo en el total de la obra, y donde encima tiene una puesta – a cargo de Manuel González Gil – que en vano, copia a la original, y lejos de proponer algo innovador, y dar una nueva mirada, realiza una puesta cuyo uno interés podría ser el arqueológico.
El trabajo de González Gil es pobre – casi invisible – en una obra que se vuelve rápidamente ingenua, y como se señalo anteriormente, puramente naif.
En un elenco homogéneo, se agradece altamente el talento de una intérprete como Julia Calvo, la cual inunda con su desparpajo y vitalidad a su Consuelo, sus apariciones son altamente celebradas, y logra cambiar el clima monocorde que impera en la obra. En el rol de Clementina, sorprende gratamente la tarea de la joven Natalie Pérez - verdadera revelación - la cual se entrega por completo a su papel, y seduce con su bella voz. Por su parte, Juan Durán, asume el papel protagónico – Silvestre – en una tarea correcta, es fácil advertir su pasión por la obra.
El Diluvio que viene es una obra que ya no tiene la fuerza que otrora pudo haber tenido, tal vez con un trabajo de dirección decente, una orquesta en vivo, y sin pistas de audios mal ecualizadas (estas dos últimas resultan bochornosas) sumado a coreografías apropiadas, una intensa revisión al texto y un elenco que se entregue por completo al juego que se propone, se podría llegar a volver a disfrutar, por el momento, quedará solo en el recuerdo de aquellos que la vieron tiempo atrás.