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Entrevista a Mariano Moro
Tamara Nabel hablo con el dramaturgo y director Mariano Moro sobre su forma de trabajar, sus espectáculos, y sus motivaciones, entre otros temas, en una entrevista con una impronta particular, interesante y relajada.
 
 
 

21.agosto.2013

Un par de horas antes del comienzo de Alfonsina y los Hombres, su autor y director me espera en el bar del teatro y me permite hacerle una entrevista. Desistí a conciencia de engrosar la lista de reportajes repetitivos que poco explican de la maravilla de sus creaciones y menos revelan de él mismo, para enfocarme en la fuente creativa y en la nutrición esencial que la alimenta. Y claro, ya que estaba, no iba a privarme de preguntarle las cosas que todos los teatreros queremos saber:

A partir de los premios que ganaste, (Trinidad Guevara, Florencio Sanchez, María Guerrero, Argentores entre otros) ¿Te resulta más fácil hacer teatro? ¿Se te abrieron puertas? ¿El tema de la producción se te hizo más ligero?
Siempre cuesta. Seguramente ahora tengo más recursos que cuando empecé. Pero nunca es fácil. El teatro nunca es fácil. Pero si, han mejorado mis condiciones en dos cosas que me importan mucho: que haya gente que quiera ver mis espectáculos, y que haya actores buenos que quieran trabajar conmigo. Pero siempre cuesta conseguir sala.

Grabador por medio, me confiesa sin tapujos que se siente más escritor que teatrero y que considera la literatura como un arte más relevante que el teatro. Vuelvo a la carga. En una entrevista dijiste (con respecto a Victoria Moreteau, la actriz), “Lo que hace esta chica… yo nunca habría presenciado algo así”. Eso me lleva a preguntarte, ¿Cuál fue tu rol como director?
El primer acierto fue en el casting. La ví y supe que era ella. Me pasó algo muy raro, yo tenía un ideal, un imposible en la cabeza y siempre pensé que era eso, un ideal. Pero Victoria es ese ideal. ¡Existe!

¿Y con respecto al personaje? ¿Ella proponía y vos la ibas guiando?
Empezamos y le di pautas concretas con respecto al verso. Yo tengo mucha experiencia en trabajar sobre el verso, mis intuiciones y mis manías, y desde ahí partimos. Después trabajamos en conjunto, pero ella daba mucho más de lo que yo imaginé posible.

¿Cuánto tiempo de ensayo tuvo Alfonsina y Los Hombres?
Empezamos en diciembre de 2011 y paramos en verano porque yo me fui y ella hizo un viaje también… así que entre diciembre de 2011 y octubre de 2012.

Estudiaste Psicología. ¿Pensaste alguna vez en especializarte en psicoanálisis?
No, me recibí de psicólogo pero terminé la carrera sabiendo que me iba a dedicar al teatro.
¿Y por qué no letras?
Porque me equivoqué. Era un adolescente muy acomplejado y tuve la duda entre letras y psicología, letras y psicología. Y cuando me tocó anotarme en la facultad estaba con psicología. Pero fue un error.

Le comento que durante los días anteriores había estado pensando en sus obras y me había dado cuenta de que casi todas pertenecen al ámbito literario. La Suplente es una profesora de literatura, en De Hombre a Hombre, el profesor es (nuevamente) un profesor de literatura y Andrés Aguilar, un joven poeta incipiente. Jesucristo es un personaje literario (ficcional o no) que llega a nosotros por El Libro, nada menos. En Quien Lo Probó Lo Sabe, la trama es la vida de Lope de Vega, igual que en Alfonsina y Los Hombres, la gran estrella es Alfonsina (o mejor dicho, sus versos). Me dice que si, que efectivamente su gran musa son los libros y que en ellos encuentra inspiración creativa permanente. Hay algo más en esa respuesta. Un halo de orgullo, de tributo a un universo sagrado. Un pertenecer desde la más plena admiración a una tradición milenaria trascendente.

Cuando lees, ¿lees porque estudias o porque te da placer?
Leo mucho más porque me da placer. Pero de todos modos con el tiempo cada vez más he ido hacia un compromiso de transformación. Quiero decir, de leer cosas de una manera para que entren en mí y que algo pase. (…) Empecé leyendo en mi casa donde el modelo era mi madre que leía muchas novelas y la lectura era un entretenimiento. Yo también leía para entretenerme y también para decir leí esto, leí lo otro, leía más ligeramente. Ahora tiendo a leer con una actitud de estudio aunque no deja de ser mi gran placer.

¿Te sentís obligado desde algún lado a leer textos que no te elegirías aunque sea para poder opinar con propiedad? Digo, a veces pasa. A mi Stendhal me parece un bodrio y leí Rojo y Negro.
¡No, a mi me encanta! (risas) Yo soy particularmente fanático de la Cartuja de Parma, me encanta. Es una novela de Stendhal que te recomiendo mucho. No creo que no te vaya a gustar eh, es una novela totalmente romántica y absolutamente apasionante.

Bueno, seguiré tu consejo. ¡Yo sí me obligo! (me río).
A veces uno se lleva un chasco con un libro que no le gustó. A veces un libro llega en mal momento porque no era lo que necesitabas o querías leer. Lo que a uno le pasa es que quisiera leer todo y sabe que la vida no le alcanza. Entonces si hay algo que te resulta muy incómodo  y no te gusta no lo lees. Lo dejas y pasás a otra cosa. (…) Hay una literatura muy entretenida que no elijo porque ya no leo para entretenerme, pero es cierto que los libros policiales o similares, tienen autores muy buenos, están muy bien escritos. No los elijo porque trato de mantener el cerebro en un desafío para que no se anquilose.

Mira por encima de mi hombro a una figura que acaba de entrar al teatro. Es Victoria Moréteau que acaba de llegar con su enagua recién salida de la tintorería. El tiempo pasó veloz, y entiendo que es hora de ir cerrando. Son las siete de la tarde y empiezan a correr las dos horas previas a la función.

Muchas gracias Mariano, fue un verdadero placer. Lo desgrabo y te lo mando.
¡Por favor redactame bien! (risas).

Le prometo que cuidaré las formas y guardo los artilugios digitales. Por suerte a último momento me ilumino y recuerdo que me olvidé de hacerle la pregunta más importante y significativa de todas. Le pido que me conceda un segundo más y no parece tener problema. Creyendo que vendría una respuesta concreta y sencilla, decido prescindir del grabador y confiar en mi memoria. Le pregunto por qué escribe. Me mira, sorprendido, y se le forma una sonrisa tenue. Se sume en un reflexivo silencio en el cual se adivina todo menos una respuesta directa. Aprovecho la pausa para hacerme del grabador y vuelvo a preguntarle, para que quede constancia.

Antes de irme una última pregunta. ¿Por qué escribís?
Hay un elemento testimonial de amor a la literatura. Una tímida inmersión, un inmiscuirme, en una tradición que amo y que se actualiza en la escritura. Hay también una pulsión de corregir el mundo a través de cierta estética. Uno quiere vivir en un mundo pulido y entonces en lo que mayoritariamente escribo, que es teatro, mi escritura es un intento de fuga hacia un mundo de fantasía que me gusta.

¿Es tu respuesta final?
(Risas) Es una mezcla de placer y de trabajo. Pero también uno quiere creer que hace algo que vale la pena y que es bueno para los demás. En algún momento de mi juventud yo creía que el deseo era omnipotente y que bastaba con querer las cosas para poder llevarlas a cabo. Ahora realmente creo que no. Creo que nadie sirve para todo. En general uno sirve para muy pocas cosas y también hay que estar atento a eso, ¿no? qué es lo que hay en uno que puede tener algún valor para compartir. Confieso que si presento algo de mi trabajo escrito es porque creo que tiene algún valor, ¿no? Hay montones de cosas que yo quisiera y no puedo hacer. No puedo cantar. Me formé como actor y no me considero bueno. No todo es aplicarse, también hay que tener algo y pienso a la hora de escribir que es lo que tengo que hacer.

Esta vez sí es el final. Le agradezco nuevamente su gran disposición y nos saludamos cálidamente. Mientras vuelvo a mi casa una catarata de imágenes y de sonidos circulan por mi cabeza. De pronto me invade una única certeza: no importa cuánto lo intente, no importa cómo lo estructure, el secreto de Mariano Moro va a seguir sin poder escribirse.

 

Tamara Nabel

 
 
 
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