10.febrero.2012
A través de una imagen inconexa y enigmática, el breve fragmento inicial presenta el interesante espacio que la obra nos propone a la vez que prefigura la inminente catástrofe que le aguarda a Juan Paludi a poco de comenzar la obra.
Lo que vemos es un ascensor, de proporciones realistas, con la puerta al fondo, las dos paredes, y un acrílico al frente que nos permite ver al actor (para quien el acrílico es un espejo), que se encuentra aislado dentro de este espacio reducido durante el transcurso de la obra.
Paludi es un químico inventor con una gran idea en su portafolio. Inseguro, pero esperanzado, se ha tomado el ascensor para llegar a la oficina de Don Marcos, el empresario que deberá descubrir su genio y materializar las posibilidades de su invento, asegurándole el prestigio y el éxito comercial que sus prematuros logros académicos le auguraran.
Durante este ascenso Paludi ensaya con buen histrionismo diversas entradas y presentaciones para dirigirse a Don Marcos, variando entre lo servil, lo patético, lo exaltado, lo arrogante. Pero los ensayos concluyen con un clamoroso estruendo que detiene el ascensor y provoca un corte de luz.
De ahí en más todo cambia; en vano intentará Paludi pedir ayuda por el intercomunicador, que estará poseído por un interlocutor fantasma, la voz castrense del General Bienvenido Valenzuela que repetirá a intervalos imprevistos un discurso ominoso de emancipación, de eugenesia güaraní, de retribución por antiguas ofensas, retazos de una acción terrible e impensable, todo atravesado por un matiz místico en el que no faltarán las invocaciones a la Virgencita de Caacupé.
A partir de este momento el tiempo se estanca, y veremos al inventor agonizar las diferentes etapas de su calvario, aislado del mundo exterior en su minúsculo universo. Juegos lumínicos, proyecciones surreales, irrupción de sonidos indescifrables, acompañan al actor en este viaje al interior de sí mismo, a medida que la posibilidad de una salida se torna lejana hasta lo inalcanzable.
Por momentos este mundo casi estático de la ficción tiende a cristalizarse, y se siente la necesidad de un tránsito por otros ritmos y otros estados. No obstante la situación presenta un carácter devastado que, en consonancia con las imágenes sugestivas que con frecuencia se configuran, constituyen un cuadro por demás inquietante.
Juan Manuel López Baio
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