Cuando se colecciona se agrupan objetos siguiendo un orden, categorías, con mayor o menor amplitud pero el rasgo común en el ámbito del coleccionismo es el afecto por esos objetos. Los discos de Víctor (Ezequiel Rodríguez) encierran fragmentos él mismo: historias con su gran amigo Horacio (Alberto Ajaka), su ex novia fanática de Peter Hammil, la juventud, tiempos remotos e inolvidables… Pero gran parte de la colección de discos está a la venta: ¿Cómo se mide el precio de esos objetos? ¿Cómo deshacerse de ellos si están hechos de vinilo pero su fibra fundamental se basa en la propia vida de los personajes? “En cada disco estoy yo”, le dice Víctor a un joven comprador y se enorgullece. La pregunta es cómo otorgar un valor a todo aquello y como despegarse de esos recuerdos para lanzarse a un proyecto nuevo.
Esta obra surge en el marco de la primera edición del Proyecto Manual creado por Matías Umpierrez. La premisa fundamental del proyecto es producir teatralidad a partir de variables no dramáticas: en este caso a partir de diversos manuales de instrucciones. Walter Jakob y Agustín Mendilaharzu, dramaturgos y directores de esta obra, trabajan con un manual de instrucciones de un exhibidor para comercios. Dos amigos, Víctor y Horacio, pretenden armar este mueble para montar su propio negocio, objetivo que parece de fácil realización pero que presenta dificultades. El manual se va transformando durante la obra: lo analizan solemnemente, lo rompen, lo rearman… Parece que la cultura del “Hágalo usted mismo” en este caso no prospera porque la tarea se vuelve realmente grupal y para nada expeditiva. Vemos el proceso de armado del mueble y a su vez un proceso de transformación sutil de todos esos recuerdos atrapados en los discos de vinilo.
Víctor y Horacio son fanáticos de Peter Hammil, su pasión por este icono del rock de los 70 es fuerte y se encargan de exponerlo. La ocasión para manifestar estos sentimientos que parecían empolvados surge con la llegada de un joven que también está fanatizado con Peter Hammil, su seudónimo de comprador es Meteoro y su verdadero nombre es Julián (Pablo Sigal). Si nos introducimos en el mundo de Peter Hammil podemos encontrar rápidamente frases como: "A song - at least in my view - should not be didactic... there should be holes in it, into which the listener can insert his own comprehension and experience." Este pequeño extracto refleja algo del espíritu de La edad de Oro. Esta obra tampoco pretende ser didáctica, claramente no se trata de una obra con una tesis pero hay intersticios, huecos o lagunas de sentido desde donde se pueden aventurar interpretaciones. Esto es quizás lo más interesante de la pieza, un rasgo que genera placer porque invita al espectador a dialogar con la obra abiertamente. Los tiempos dilatados del “hacer” como intentar construir el mueble siguiendo un manual de instrucciones o escuchar atentamente una canción de Hammil nos devuelven una intensa sensación del tiempo transcurrido: del presente. Es en esa actualidad temporal en la que encontramos espacio para incorporar nuestra experiencia y generar el diálogo con la obra. La simplicidad del hacer y el tiempo invertido en ese hacer genuino nos hace pensar en un presente intenso, cargado de proyecciones y recuerdos que pesan y que indefectiblemente determinan el hacer cotidiano.
Los personajes están delineados sutilmente, son realmente apasionados y están buscando la inspiración necesaria para cumplir sus sueños. Julián es capaz de endeudarse para formar su colección, Víctor pone a la venta lo que más ama en pos de un proyecto nuevo y Horacio acompaña a su amigo, trata de aportar un punto de vista más sobre los hechos. Es necesario destacar que la actuación de Alberto Ajaka, en su última función, resulta sobresaliente por su sinceridad y los sutiles gestos que aportan gran teatralidad y emoción. Quizás la filosofía del “Hágalo usted mismo” o en inglés “Do it yourself (DIY)” no funcione en este caso pero nos queda un espacio para pensar en alternativas para construir -objetos, sentido, ficción- por fuera de lo establecido…