La oscuridad me envuelve, y comienzo a escuchar un largo acorde, mientras una luz cenital aumenta, perfilando muy lentamente una figura, sobre el piso, pliegues y líneas de la piel, huesos sobresaliendo, músculos que se contraen rítmicamente y dibujan una topografía insospechada y fantástica. A medida que la luz aumenta y se suman los detalles, la figura se hace inteligible: un torso, un cuerpo boca abajo, un hombre arqueando su cadera, subiendo y bajando su pelvis... un hombre, lo que se dice, bombeando el suelo. La música se desata y arrastra al intérprete en una fascinante coreografía, su cuerpo explotando en una cascada de veloces signos que desarrollan, infatigables, la compulsión inicial. Bienvenidos a La idea fija...
Cuatro lockers en el fondo, de los cuales se entra y se sale, algunos accesorios y vestuarios deportivos, dan la tónica gimnástica que subyace todo el recorrido, que consiste en una serie de cuadros coreográficos hilvanados musicalmente, en los que los cinco intérpretes (tres hombres y dos mujeres), exploran y agotan las posibilidades de una suerte de kama sutra alienado y agobiante. Al ritmo de géneros diversos (tecno, clásico, canción) estos atletas del coito ensayan con cautivante despliegue de virtuosismo los límites de una anatomía que deviene masturbatoria. Parecieran ser los responsables de una ardua investigación, una búsqueda frenética y mecánica, precisa, que llevan a cabo como quien cumple diligentemente una tarea asumida. Pero la tarea es frustrante; el laberinto de la carne nunca logra desembocar en un vínculo humanizante, en algún tipo de amor, por más que ellos se afanen en conseguirlo. Y en la progresión y las combinaciones de la danza, el cuerpo entero parece genitalizarse, al tiempo que, paradójicamente, se desexualiza.
Dentro de esta dinámica que sostienen en común, a la vez los intérpretes manifiestan por momentos características que los distinguen y los definen, enriqueciendo su interacción: el alegre, el compungido/temeroso, la curtida, el divo, la violada.
En esta estructura de cuadros, que se suceden con criterio musical y climático de composición, se insertan algunos en los que no hay música, y la sonora materialidad del movimiento, de la piel contra la piel y contra el suelo, se torna tanto más contundente en el espacio silencioso de estos interludios en los que los cuerpos siguen funcionando a toda máquina, provocando el efecto sutil de un peligro más agudo e inmediato, un desgarramiento inminente.
La propuesta brilla por el desenfado y la gran cuota de humor con que está encarada, no permitiendo en ningún momento que las posibles lecturas críticas que admite respecto a la construcción de una sexualidad alienada en un mundo alienado y virtualizado, deriven en una solemnización del trabajo. Estos seres que se agitan son tristes y angustiantes, pero a la vez son caricaturas, los rasgos enfocados han sido acentuados hasta extremos hilarantes y es precisamente la risa lúcida y liberadora la que terminan por arrancarnos sus convulsiones y giros.
La idea fija, como tal, es un mal particular de nuestra época esquizoide, donde todo se desnuda y nada se ofrenda. Bienvenida sea esta obra, un espejo de feria que nos devuelve, hiperbolizados, sus ridículos síntomas. Ya es hora de ir exorcizándolos.
Juan Manuel López Baio
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