Amanecer. Un padre. Sus dos hijas. Una abuela que espera. Un auto (o por lo menos una parte lo suficientemente representativa de él). Y, allá lejos, una laguna. Con esos pocos (y simples) ingredientes, Agostina López compone La laguna.
Es una historia que podríamos llamar “mínima”. Junto a sus dos hijas, María (Juncadella) y Lucía (Groesman), un hombre (de Silva) decide volver al pueblo que lo vio nacer, para visitar a su madre enferma. Es justamente en pleno viaje donde los encontramos… o, mejor dicho, en pleno descanso. Un descanso que se prolongará más de lo previsto, y que parece querer llevarlos hasta el límite de lo que pueden tolerar. Es entonces cuando comienzan a salir a la luz recuerdos de la infancia de cada uno: la banda de música que formaban entre los tres, la separación de los padres, las clases de natación…Este fluir de la memoria pone de manifiesto cómo padre e hijas están atrapados entre esos recuerdos que los reclaman, pero que pueden domar, y el futuro al que intentan dirigirse, pero no se animan a llegar. Es justamente ese auto detenido, que no avanza ni retrocede, el elemento que concentra en forma visual el estado por el que atraviesan los tres.
El espacio aquí permanece indeterminado y difícil de delimitar. Sabemos que estos personajes están en camino, pero su destino no deja de ser un misterio. Sabemos que se han detenido en las proximidades de una laguna, pero aunque ella dé nombre a la pieza, jamás la veremos ni sabremos que tan cerca o lejos se encuentra o si quiera, si tiene un nombre. Sólo el auto que se recorta del fondo negro de la sala, nos permite intuir algún dato espacial. Los personajes simplemente están en “algún lugar”. Como consecuencia de esta indeterminación del espacio, es el tiempo el que se convierte en el gran protagonista. El de La laguna parece ser un tiempo detenido, un tiempo interrumpido, un tiempo que ya no fluye. En este amanecer congelado, las generaciones se encuentran y muestran que, aunque separadas por décadas, están atravesadas por los mismos conflictos. El amanecer, umbral entre la noche y el día, se vuelve entonces momento más que perfecto para desarrollar unos personajes tensionados entre pasado y futuro.
Pocos y simples elementos, decíamos, pero que aún así ponen a jugar en escena un sin fin de imágenes. Esta simpleza en el nivel de la historia, se respalda no sólo en un simple pero efectivo trabajo actoral, sino también en una escenografía simple pero sugerente a cargo de Mariana Tirantte. Tiempo detenido, espacio indeterminado, personajes atrapados en sus recuerdos hacen que la obra de López otro ejemplo de que muchas veces “menos es más”