22.abril.2011
¨Cuando Lisboa anochece como un velero sin velas¨
Cancion: Alfama - Amalia Rodrigues
Mariela Asensio nuevamente nos sorprende, esta vez poniendo la lupa en historias pequeñas y cotidianas, personajes que sufren y cuya forma de habitar el mundo es de algún modo turística o pasajera, como una instantánea arrojada al aire sin mayor reparo en el enfoque del cuadro.
El lugar de encuentro de los personajes es Lisboa, un lugar que muestra, al mismo tiempo, todo su potencial de esplendor y decadencia. Los personajes no intentan dejar huella y, sin embargo, tradiciones populares como el fado -canción nacional portuguesa- no dejan de hablarnos de este sector que padece silenciosamente ante la mirada indiferente de los que están en la cresta de la ola. Se sufre en el anonimato y se sufre en masa, una masa de rostros e imágenes tan efímeras como pregnantes que el personaje que interpreta Dolores Ocampo se encarga de enumerar con gracia y desenfado.
La directora nos propone una mirada personal de Lisboa, un recorte lúcido y cómico que nos embriaga con fragmentos de seres e imágenes. Se puede decir que la obra es un verdadero viaje etílico ya que aunque ingresemos a la sala totalmente sobrios, los personajes nos van embriagando con sabias dosis de humor y dolor encarnados con compromiso y pasión. Una de las protagonistas se describe como “adicta al sexo”; luego aparece un turista que quiere una puta pero para él solo, también hay una pareja basada en el desamor y una extranjera que se pregunta porque todos hablan tanto de sí mismos. Si bien la energía de los actores es desigual, y esto se nota en los momentos de escenas grupales, cada uno a su tiempo logra alcanzar un nivel emotivo que genera reacciones en el público. En medio de este caos de historias antes descriptas, Dolores Ocampo y Ariel Pérez de María, además de excelentes actuaciones, aportan un ritmo preciso y muy buena música al espectáculo.
Cada historia anochece como Lisboa, “como un velero sin velas” y no existe sustancia que ahuyente la tristeza de los días. No hay happy end ni navidad nevada, tal como lo anuncia la guía; ¡pero ojo!: no estamos revelando el final de la obra ya que ésta se erige como un transcurrir donde principio, nudo y descenlace no son delimitables. Cuando llegamos ya suena un fado y nos vamos con la sensación impregnada del viaje que continúa en nosotros, y es entonces cuando empinamos la botella como lo hacen los protagonistas y el ciclo de la rutina vuelve a comenzar.
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