Cesáreo (Lorenzo Quinteros) es un ex futbolista que pudo conservar tan sólo una pequeña parte de aquellos años dorados: el buffet del club, un espacio curtido por los años y la soledad. En ese espacio, Cesáreo vive y revive los mejores momentos de su vida y proyecta a futuro depositando grandes esperanzas en Lionel (Fernando De Rosa), un jóven chaqueño, que en algún momento había sido un jugador promesa pero algunos kilos de más lo destinaron a la tarea de limpiar los baños del club. Este idilio “entrenador”/“jugador promesa” y la posibilidad del viaje para jugar en Bolivia se quiebra cuando uno de los representantes de la comisión directiva, Fabricci (Darío Levy), se presenta allí para informar que el buffet pasará a otras manos.
Resulta imposible no sentirnos atraídos por Lionel, la promesa evidentemente incumplida del club que, sin embargo, se esfuerza por completar una llamativa rutina de entrenamiento dictada por Cesáreo. En el espacio del buffet, la soledad y la decadencia les han permitido desarrollar particulares sistemas de ejercitación: sistema corpiño, sistema de poleas, sistema de envoltura en papel film, sistema de respiración circular, etc. Este mundo es creado por Cesáreo e incorporado dócilmente por el jóven chaqueño con ansias de triunfo. Lorenzo Quinteros encarna un personaje capaz de arrastrar a los demás personajes (y a los espectadores) entre las guirnaldas de la fiesta de bienvenida de las campeonas de patín y sus sueños de grandes triunfos y coloridas fiestas. Pero la rigidez de la comisión del club, el ente regulador que existe hasta en el club más pequeño, siempre debe protegerse y reaccionar ante el menor atisbo de peligrosas deudas y fantasías: en un primer encuentro, a Fabricci le cuesta informar sobre la mala noticia a Cesáreo, pero un segundo encuentro basta para imponer las reglas y sacarles tarjeta roja a Cesáreo y a Lionel.
El espacio del buffet, con una escenografía minuciosamente confeccionada y añejados objetos, está a la vista durante toda la obra, el lugar de “la comisión”, en cambio, está fuera de escena y sólo sabemos lo que allí sucede y se trama por la voz de Ricardo Fabricci, quien atraviesa con soltura interesantes matices del personaje entre este ir y venir de la zona mostrada a la zona vedada. Somos invitados a la trastienda del club, estamos en un buffet devenido cuarto del fondo, allí donde se amontonan las cosas y en ese amontonamiento se establece una particular dinámica y hasta cierta belleza; alejados de la frialdad del orden y más cerca del lugar donde se arman y desarman los sueños de los personajes. El director ha sabido articular las situaciones de modo tal que el desarrollo sintagmático de la historia importa menos que los mundos temáticos paralelos que se disparan a cada momento: la masculinidad, el peronismo, el boliviano como “el otro”, la mujer -soñada-, la belleza de la fama, la decadencia del sistema, la traición…
Un partido fútbol al igual que una obra de teatro es un momento efímero que intenta capturarse con cámaras, del cual hay repeticiones grabadas y analistas tratando de arrojar luz sobre las jugadas pero que sólo podemos experimentar verdaderamente estando presentes en el tiempo y el espacio del evento. Nos permitimos decir entonces: a ver el espectáculo y a emocionarse con el arte estos cracks de la escena.