Tintín heredó la sodería de su padre. Un emprendimiento chiquito, artesanal. Para él no hay mundo fuera de eso, fuera de su “pico” manual. Las burbujas son todo, incluso la posibilidad de pensar en universos paralelos comienza por la observación de las burbujas. A través de la relación de este personaje con Pocholo, quién no queda claro si es su alter-ego, un amigo o un delirío, nos enteramos de la historia, del pasado. Existió una mujer y un probable hijo. En un tiempo indeterminado y con un fin borroso. Hubo una voluntad fugaz de irse, de no ser lo que estaba predestinado. Y entonces, Tintín es en ese momento la consecuencia de todas las decisiones y sucesos pasados. Hasta que viene la gente de “la marca” a exigirles que les venda la sodería. Vienen a arrebatarle su medio de vida, su ocupación, su elixir para el olvido. Insisten con vehemencia y violencia y él se sigue negando. Hasta que matan a su único ser amado, el gato Homerito, y sin más recursos para imponerse, Tintín arregla.
El trabajo de Néstor Navarria es sin duda imponente. Sin un solo elemento de escenografía o utilería, recrea con movimientos una fábrica de soda en la que está permanentemente accionando máquinas, llenando cajones y apilándolos. Es una maravilla el despliegue físico, tiene una amplitud enorme de movimientos y gestos puntualmente creados para contar la historia. Más allá de esto, Navarria interpreta a todos los personajes de la historia. No queda claro si Tintín esa representando a los personajes de su historia o si Navarra encarna a Tintín y a la vez a Pocholo y a Wanda, etc. etc. Lo que importa es que el intérprete juega con la voz, los gestos, los modos, la postura corporal y hasta la risa de cada uno de ellos, uno tras otro. Es imponente y poco habitual ver un actor con esa capacidad en escena.
La puesta en escena es, como mínimo, despojada. Partiendo de la base de que se trabaja sin elementos, la decisión de achicar el escenario y encuadrarlo dificulta la tarea del espectador al que se le pide que imagine, a través de la gestualidad de Navarria, que en el mismo espacio físico hay una sodería, un baño, un campo con un jacarandá, etc... Habiendo tanto espacio tal vez sería más sencillo de visualizar, de seguir la línea narrativa, si cada ambiente fuera recreado en otro rincón del escenario. En cuando a los aciertos es destacable el encuadre enérgico que tiene Navarria, ningún personaje sobresale, no hay gritos, ni llanto, ni recursos dramáticos exagerados. También es notable la limpieza de los movimientos del actor, como si tuviera realmente en frente la máquina de llenado y el pico de gas. Se nota un gran trabajo de dirección en los ensayos para lograr la repetición casi perfecta de la acción.
El texto no es de lo más claro. La historia está enredada y no se entiende bien qué es realidad, qué es ficción, qué está en la cabeza de Tintín y qué es recurso teatral. Abundan los lugares comunes que no tienen efecto dramático porque, pertinentemente, se decidió no explotarlos a estilo culebrón y se los transcurre sin darles trascendencia. Al no ser claro el problema, o conflicto, del personaje principal, es difícil saber si lo que se quería recrear es un enfermo psiquiátrico delirante o un hombre triste que recuerda.
Pocholo y Sus Múltiples Pompas vale la pena para ver una gran actuación, de las que no abundan.
Tamara Nabel
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