16.abril.2011
Una cae desde el cielo, interminablemente, punto distante que se agranda de a poquito... ahora un redondel... ahora un bulto de colores... ahora una mujer completa que se estampa con toda su tierna humanidad contra el escenario, en medio de una nube de cenizas volcánicas. No cabe otra que tan apoteótica entrada para un ser radicalmente expansivo como lo es Una, el personaje-clown que interpreta Lila Monti en este inolvidable unipersonal, creado junto con Cristina Martí y Guillermo Angelelli.
Una llega en vuelo directo sin escalas desde Povnia, lejana ínsula de algún incierto mar, ubicada entre las dos grandes potencias de U.R. y Opa. Su hogar es asediado por terribles cataclismos que la expulsan literalmente de su superficie, arrojándola por los aires. En el trajín pierde de vista a sus camaradas de infancia, Vladimir y Putter, y termina realizando un “aterrizaje forzoso” en nuestra pequeña sala del Abasto porteño. Lo que sigue (una hora y media de descubrimientos y sorpresas, para el personaje y para el público) es un prodigio de comunicación.
A través de un lenguaje semi-inventado con resonancias principalmente rusas, pero amalgamando francés, italiano, inglés, onomatopeyas y toda clase de sonidos inclasificables, Una nos cuenta sobre su origen, sobre su patria y las desgracias que la hostigan, al tiempo que nos interpela para entender poco a poco adónde se encuentra, y busca a sus camaradas perdidos que no andarán lejos, ella cree.
Con estos sencillos elementos, Lila Monti construye un asombroso mundo, rebosante de detalles y particularidades, de imágenes, sueños y reminiscencias que se despliegan ante nosotros y nos transportan irresistiblemente, exuberante imaginario que palpita a toda máquina. Para hacerlo se vale de una precisión y un manejo técnico impecables en el uso de su cuerpo y su voz, de notable plasticidad; pero fundamentalmente lo que nos cautiva es el nivel de entrega, de intensa conexión con el público, presencia incansable que mantiene de inicio a fin dejando todo lo que trae sobre el escenario, sin guardarse nada, ofreciéndose con generosidad.
La calidad performática se realza y potencia a su vez los otros aspectos que constituyen la totalidad del espectáculo, conformando una pieza de gran valor poético. Escenografía y vestuario delinean específicamente la estética concisa que propone el mundo evocado; junto con la música y la iluminación, de esmerado diseño, generan el espacio justo para el desarrollo de la acción. La dirección de Martí y Angelelli conjuga estos elementos en forma admirable, produciendo una escena rebosante de hermosas imágenes en la que las transiciones son tan fluidas que nuestra percepción del tiempo entra en efectiva suspensión durante el transcurso de la obra.
Una es un clown, ser reconciliado con su propio ridículo que nos hace reír, nos hace reír fuerte y mucho. Pero Una es, al mismo tiempo, Una víctima de las tremendas fuerzas de la naturaleza, de lo sublime terrorífico, Una desarraigada que se presenta ante nosotros despojada de todo y de todos. Ella intenta comprender sus males, se lamenta, patalea, llora, se pregunta, se queja, discute y se pelea con un dudoso dios, inmutable y mudo, que nada puede explicarle. Su periplo remite a una experiencia profundamente humana con la que nos conmovemos al reconocernos como seres frágiles y efímeros frente a las inclemencias del mundo, capaces de contar únicamente con nuestra propia solidaridad. Una es una y es todas, somos todos, y su tragedia, que es la de Povnia, resuena demasiado cercana como para ignorarla. Su vitalidad inquebrantable se renueva gracias al vínculo que sólo podemos habilitar entre todos, el lazo fraterno que nos da sentido, y que en el rito teatral festejamos junto con ella.
Juan Manuel López Baio
jmbaio(a)geoteatral.com.ar