En la cartelera porteña se puede ver una puesta de Yerma que propone una mirada diferente a la clásica, respeta la pieza dramática que forma parte de la trilogía de tragedias rurales de García Lorca (junto a Bodas de sangre y La casa de Bernarda Alba que escribió el autor entre 1933 y 1936) al tiempo que pone la mirada en el deseo pasional de la protagonista por la maternidad. Suárez Marzal presenta una Yerma encarnada por Malena Solda que se encuentra resignificada en el tiempo, más pasional que racional como alguna vez el mismo Lorca se refirió al género femenino.
Son parte del elenco Sergio Surraco, Pepe Monje, Tina Serrano, Ana María Castel, Susana Lanteri, entre otros, de los cuales vale destacar a las últimas tres mencionadas que no descansan en sus trayectorias para buscar y encontrar el carácter adecuado para cada uno de los personajes, con el lineamiento del autor y la propuesta del director. Forman parte de la puesta la bailaora Maribel Herrera, el guitarrista flamenco Sebastián Espósito y el cantaor Geromo Amador.
La puesta en escena es despojada, gris, fría, todo (escenografía, iluminación, vestuario, etc.) aporta a transmitir la sensación de angustia y desolación. El clima cambia con la Romería del Rosario que da paso al ingreso de los coloridos y floridos carruajes, momento en el cual Yerma pide ser madre con el mantón en la cabeza. Muchos simbolismos y tradiciones españoles, el texto lo amerita, se ven sobre el escenario como pinceladas.
La síntesis del relato de la lucha social que vive la mujer al no ser madre se refleja en el programa de mano que muestra un vientre seco donde todo se pudre y nada nuevo puede florecer. El carácter de Yerma es lo que la lleva decir “¡Ah, si pudiera tenerlo yo sola!... a veces mis pasos suenan a pasos de hombre… me miro en los ojos de mi esposo, pero es para verme yo, como si yo misma fuese hija mía”. Esa mujer es la que decide ponerle fin a la imposibilidad de su esposo Juan para ir en busca de otros horizontes.